jueves 15 de diciembre de 2011

Acortamos distancias... acercamos personas

(Imagen tomada de google imágenes)

Ya estoy de vuelta. Tanto esperar por el día y se ha esfumado en un par de parpadeos. Si vuelvo la vista atrás, incluso barajo la posibilidad de que todo haya sido un sueño.




Lío de maletas, qué llevar, dosificar, preparar los regalos para todos, no dejarnos nada atrás... emoción al meternos en el coche y empezar a andar el camino...




Han sido 50 horas extraordinarias.




La persona que bajó a Madrid no es la misma que ha subido a Galicia. Llevé la maleta llena de tristezas, desesperanza y preguntas y me la traje a rebosar de cariño, de ilusión y nuevos recuerdos.




El viaje fue bien, dentro del contexto, ya que viajamos de noche y la verdad es que hubo zonas en las que la niebla era densa y en otras, sobre todo en Ourense (para que no se nos enfade nadie) llegamos a tener -3 grados, con el consiguiente riesgo de hielo en la calzada.




Pero llegamos. Justo para el desayuno. Tempranito, cuando todavía el pueblo no se había despertado. Y a partir de ahí... el tiempo empezó a volar, a volar....




Me recibió un abrazo de ésos de contacto pleno, de no dejarte escapar, de bienvenida a casa, de cómo te he añorado, de descarga eléctrica sin toma a tierra. Un abrazo con todo el significado que puede tener el contacto entre dos personas que se quieren. Solo ese detalle hizo que mi batería se cargara a los topes. La sensación de estar en tu hogar, con tu gente, me invadió. Y nunca me sentí tan feliz de haber tomado la decisión de hacer el viaje. Tenía que estar allí. Lo necesitaba.




El resto fue rodado. Se despertaron los niños y el primer miedo a que se notaran muy cambiados o que se sintieran incómodos al tener que relacionarse, sí o sí, desapareció tras el primer minuto de estar juntos. En aquellos dos días que pasamos allí, no tuve hijo. Se pasaban el tiempo pegados, hablando, riendo. Me recordaba a las veces que yo había estado en aquella casa, siglos atrás, con los hijos de los dueños, y nuestras carcajadas y bromas inundaban la casa.




Tuvimos tiempo de calidad. Pudimos hablar, recordar, compartir anécdotas, mirarnos y ver fotos, muchísimas fotos... Paseamos, no hicimos nada, disfrutamos de cada minuto. No recuerdo la última vez que estuve dos días tan desconectada del mundo, sin prestar atención a la televisión, noticias e incluso internet.




Tuve la oportunidad de estar con una persona especial para mí a la que hacía 6 años que no veía. Por fin pudo encontrar un hueco en su apretada agenda para vernos y al final estuvimos juntos los dos días. Es increíble comprobar que a pesar de que la vida nos ha cambiado tanto y ahora las responsabilidades nos hacen ser diferentes a como nos conocimos, pudimos ver que estando juntos, volvíamos a descubrir que aquella parte de nosotros seguía ahí, debajo de las responsabilidades, las arrugas, las preocupaciones y obligaciones de la vida diaria.




Paseé por un pueblo muy cambiado e igual al mismo tiempo. Era una sensación extraña. Me crucé con muchísima gente para la que yo era una desconocida, una guiri, pero que para mí los desconocidos eran ellos, porque me sentía en mi pueblo. Yo había estado allí mucho antes que ellos, muchas veces. Je,je,je... eso te da un poder especial, estoy segura.




Descubrí el scrapbooking. ArTe, simplemente. El como una fotografía especial se convierte en algo inolvidable con su propia historia adornada con tu imaginación. Hay que tener un don.




Tras las fotos de rigor de grupo, con caras raras de los más pequeños y las poses de los adultos para intentar quedar decentes, todo se acabó.




Lo peor, lo más temido, la despedida. ¿Cómo despedirse de alguien que quieres tanto y que vive tan lejos? Porque son 630 km., y aunque parece solo una cantidad, detrás esconde los compromisos, el trabajo, el gasto que supone trasladarse, el colegio de los niños... y aunque ya hemos estrenado el esperado AVE en Galicia, de momento seguimos sin el servicio en Pontevedra (somos los renegados del Sur) que nos comunique con la meseta.




Nos prometimos no dejar pasar otros cinco años hasta el próximo encuentro. Y aunque sepamos que va a ser complicado, la promesa hecha con el corazón siempre se acaba cumpliendo.




El viaje de vuelta fue tranquilo. Disfruté del paisaje que en la ida estaba oculto tras la oscuridad y tuvimos momentos alucinantes de arco iris dobles que iluminaban los campos multicolores.




Había olvidado lo espectacular que es toda esa zona. Hecha de remiendos marrones, dorados, ocres... con tanto encanto. Y castillos aquí y allá, cuevas y rebaños enormes que dejaban a mi peque con la boca abierta.




La lluvia nos dio la bienvenida a casa. ¿Podía ser de otra forma? Y aunque venía encantada de lo que acababa de ver, mi vista se alegró al saltar de tonalidad en tonalidad de verde y dorado de mi tierra.




He estado todo este tiempo acomodándome a la rutina. Todo ha vuelto a su sitio y la tranquilidad ha vuelto a entrar en mi vida. Ya no siento agobio ni tristeza, pero a pesar de haberlo superado, soy consciente de que necesito el contacto con determinadas personas para cargar las pilas. Y aunque cumpla años y gane en experiencia, yo sola no soy nadie. Necesito gente a la que querer, a la que dedicarme, con la que ilusionarme. Y notar que soy correspondida. Con eso (con todo eso) puedo afrontar lo que sea.




Ahora estoy ocupada. Las navidades están a la vuelta de la esquina. Hemos aprovechado para realizar las compras pertinentes. Pero algunos regalos los estoy haciendo yo. Para ahorrarme unas pelillas, para hacer algo diferente, personalizado... y porque el bordar es mi toma a tierra. Por ahí suelto lo malo y entra la energía positiva.




Es por eso que tal vez esté un poco ausente hasta que lo acabe todo. Pero volveré. Porque me gusta estar por aquí, me hace bien y me ayuda a ver las cosas desde otro ángulo (además de conversar con gente que tengo olvidada, lo sé, Juan).




Estoy aquí. Feliz, consciente, viva.




Muchas gracias, cariño, por obrar el milagro de volver a creer.


Nunca tuve el corazón con más cabeza,
va silbando, va soñando, pero va,
con latidos de repuesto en la maleta
ni se rinde, ni se queda cerca,
de lo que más se parezca
va, va colgando a mi costao'.

Va tirando lo que duele y lo que pesa,
va sembrando lo que quiere y lo que da,
va pintado en una sola pieza,
dentro de un rompecabezas
va, va cosido en tela, viento en popa a toda vela
va, va colgado a mi costao'.

Este corazón me queda como un guante,
ni muy chico ni muy grande,
a medida, tengo un corazón 'de sastre'',
con la cordura sin cobertura
para de hoy en adelante, va, va.

Sin prisa, sin freno,
con parches pero entero,
colgando de un hilo
con remiendos pero vivo.




(Rosana Arbelo-Como un guante-¡Buenos días, mundo!)










3 comentarios:

Juan dijo...

Yo me alegro muchisimo de que hallas recordado lo que significa una cosa tan insignificante y tan grande como es dar un abrazo. Un besazo.

P.d. tienes otras cosas en las que ocuparte y es logico, tienes que ver mas alla (y hasta el infinitoooo..., jejej.)
Oro besazo que no te lo doy desde hace tiempo, ea.

Yopopolin dijo...

encontrarte con gente a la que quieres siempre te da ese plus de felicidad que necesitamos en el dia a dia... que no pasen tantos años hasta el proximo encuentro!

un besazo!

Mª José dijo...

Hola pase a visitarte para desearte:
Que tengas salud primero, trabajo después, armonía siempre y algún que otro corazón amigo en el que refugiarte en las horas bajas.
Que Dios (o Aquello en lo que tu creas) no sea tacaño con sus bendiciones y que cuando las deje caer sobre ti, sepas reconocerlas.
Besos de colores